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Valoración del libro antiguo

       Algunas mujeres, algunos vinos y algunos libros mejoran con los años. Desde luego no todos, ni todas. El tiempo parece ensañarse particularmente con lo que, en un inicio, es espectacular. El vino blanco deviene fácilmente en rancio e, invariablemente, esos senos precoces que nos sorprenden, erguidos y duros como piedras, caerán pronto sometidos a la ley de la gravedad, a las estrías y al aumento de población que ellos mismos, de una forma inconsciente y ciega, han provocado. Henri Fantin-Latour. La lectora (Marie Fantin-Latour, hermana del artista). 1861. ÓLeo sobre lienzo. 100 x 83 cms. Museo de Orsay, París, Francia.

       Hay que ser extraordinario, desde el principio, para que el tiempo enriquezca y no deteriore. El tiempo respeta a quien se toma tiempo, al que actua en sus decisiones de una forma serena, al que, plácido, impone su voluntad de una forma suave y constante. En todo el mundo no hay nada más blando que el agua, pero en su forma de destruir lo duro, nada la iguala.

       El tiempo sólo mejora lo que ya es mejor. Así, esa frase que nos advierte, con gesto solemne y pausado, que determinado libro "tiene más de cien años" no está diciendo nada. ¿y qué, que sea centenario? Podría tener esa antigüedad, o doscientos años más, y no valer nada. La rareza, igualmente, tampoco indica nada. Si un poetastro vanidoso, sintiendose blanco de una confabulación para acallar su genialidad (no gano concursos por cuestiones políticas, no estoy bien relacionado, soy mujer, me llamo Pérez, etc.), decide publicar por su cuenta y riesgo un libro que, sin duda, le inmortalizará (se me ocurren unos cuantos ejemplos que voy a callarme) y si el libro aparece en 1844 con una tirada de cien ejemplares y salvo a su madre, a sus amigos más pacientes y a su novia (que inmediatamente le deja, por tirar el dinero de esa manera), si la obra es efectivamente infame diganme, señores del jurado, ¿qué sucederá? Tenemos un libro que tiene más de cien años y que es, además, raro, sólo quedan un par de ejemplares en el mundo, pero ni aun así tiene el más mínimo interés. Nuestro poetastro hizo bien en dejar la poesía y dedicarse a la cría del cerdo ibérico o de la llama andina y nosotros haremos bien en no gastar nuestro dinero en ese libro vano y presuntuoso.

       Descartadas ya la antigüedad y la rareza como valores en sí mismos, sólo nos queda definir los parámetros que deciden el valor de un libro.

       Es fundamental su valor intrínseco entendido como su calidad literaria, histórica o filosófica. Si describe hechos que acaban de suceder o son un fiel reflejo de una época pretérita. Si hay ediciones posteriores o hay una sola edición. Otros valores intrínsecos podrían la ser la encuadernación, la calidad del papel, si la tirada ha sido muy corta y, por supuesto, el estado de conservación.

       Queda por último el parámetro que podríamos llamar referencial o precio de mercado, que es cuando varios libreros en sus catálogos o en sus establecimientos ofrecen un mismo título a precios semejantes.

 

 

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